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Relato

Desenvueltas

Que el disco hubiera comenzado, así, con tanta agresividad, da para constatar que no sufrió al estallar contra la pared, nos estaba faltando algo de eso, acción, y el disco ya no tenía nombre. Abrimos la tapa del tocadiscos, de vuelta, resignades, algo íbamos a encontrar, una esperanza de estar donde y cuando se debe. Las piernas cansadas de los libros que se creían de tapa dura se doblegaban por la exasperante gravedad literaria y tampoco encontramos obra poco virulenta, levantarse se volvía una ardua tarea de esa manera. Entonces, comenzamos a charlar y el disco elegido, ya no deliberadamente, lanzó notas como barcas que transportan palabras, y que no se piense como una regata, sino un paseo por un arroyito, uruguashito, llamado Nirvana o Maldonado. En alguna puerta vecina sonó el timbre, nuestros ojitos resplandecientes bajo la fría luz del pasillo, pegados al marco de la puerta, encontraron en seguida el rastro de la reverberación y vimos un fantasma que sonreía. Podía ser el humo, podía ser la niebla de un pensamiento compartido, pero allí estaba, hasta nos saludó con la mano. No venía por nosotres y celebramos con canapés de galletitas al agua con atún, cerveza en vasos indebidos, una petite mort.